
De Zócalo, No. 73, Marzo 2006
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Estocadas de cronistas contra toreros, desde la segunda década del Siglo XX
Por: Víctor Becerril
Para quien lo intente, resulta muy difícil descifrar la complejidad de una relación entre la fiesta brava y los medios de comunicación. Es otra vez el maridaje que nace desde hace muchos años entre el deporte y el entretenimiento como espectáculo –en este caso el taurino– y la necesidad de mantener el negocio mediante la difusión del triunfo y la derrota, o del resultado de una faena.
Pero los toros como espectáculo son otra cosa. Amalgaman tradición, herencia cultural, arte, poesía, pero también poder, snobismo y corrupción. Verdad y falsedad al mismo tiempo, algo de lo que García Márquez llamó alguna vez realismo mágico, para referirse a una de sus obras cumbres.
¿Sabe alguien cómo se han construido los grandes mitos de la fiesta (y del deporte)? Mucho hay de verdad y mucho de soslayar la realidad, para no caer en el extremo y decir que de mentira, porque cuando el torero se equivoca suele pagarlo inclusive con la vida, y eso no es ficción.
Así se concreta el interés hace algunos meses del Centro Taurino Potosino para incluir en su programa del XVI Encuentro de Peñas Taurinas (grupos de aficionados a la fiesta de los toros) el tema ‘La crónica y la crítica taurina’, sustentada por la maestra Gabriela García Padilla, integrante del grupo Bibliófilos Taurinos de México.
De qué otra manera se entiende la crítica de los propios expertos en tauromaquia, que señalan el mal momento por que el pasa actualmente la fiesta y la falta de calidad en todos sus aspectos, lo mismo en la baraja de toreros, que en la carencia de imaginación de las empresas y en la participación de la prensa.
Gabriela García Padilla sorprendió el 19 de noviembre del 2004 a quienes la escucharon referirse a la ‘Crónica taurina pagada’ con la que hacía referencia al trabajo que con ese título publicó la revista Tiempo en febrero de 1943, para denunciar públicamente la corrupción de medios informativos que en aras de sostener el espectáculo ‘sangraban’ a los toreros de la época, incluyendo a los mejores, como Lorenzo Garza, Pepe Ortiz y Silverio Pérez, quienes se veían obligados a deducir de su sueldo igualas para cronistas taurinos, agrupados para lucrar con los espacios periodísticos.
Tiempo, revista semanal cuyo director era Martín Luis Guzmán, publicó durante varios meses el producto de sus investigaciones, aclarando que lo hacía por la exigencia y denuncia de algunos de sus lectores, para descubrir la esquilma de algunos periodistas a los toreros, lo que para algunos significó la ruina.
De esta investigación podría deducirse que tal vez la corrupción en la fiesta de los toros sirvió como ejemplo para que esa práctica se reprodujera en otras fuentes deportivas, con otros reporteros que cubrieron fútbol, box y el béisbol, hace 50 años.
Los primeros chayos para la prensa
Esto fue lo que la concurrencia al Encuentro de Peñas Taurinas escuchó de parte de Gabriela García Padilla: "Nunca hubiera imaginado el fundador del periodismo taurino en México, don Julio Bonilla, editor de El arte de la lidia (1885), que su desinteresada afición serviría luego para mermar las ganancias de los toreros", dijo ante el público potosino, que siguió el tema con interés. Aclaró que la corrupción no era exclusiva de periodistas mexicanos: "Esta situación también existía en España; la aparición de Joselito significó un río de oro para la prensa española. Se fundaron periódicos y desde entonces dejó de ser un secreto que los toreros gastaban el dinero en comprar a la prensa taurina. Para echar de España a Gaona (Rodolfo, torero mexicano), Joselito pagó a un periódico, mientras que Gaona fundaba el suyo", siguió leyendo García Padilla, quien lanzó después una pregunta:
"¿Qué pasaba en México? Muerto Venustiano Carranza se reanudaron las corridas de toros y surgió entonces la pugna Gaona-Sánchez Mejías, quien habló claro: 500 pesos a Monosabio, cronista de cabecera de Gaona, para atemperar un poco su gaonismo; 400 a Don Verdades, de Excelsior, y cuotas de 100 y 50 pesos por corrida para cronistas de menor importancia.
"Así corrieron los años. Monosabio se hizo de una casa en Azcapotzalco; Don Verdades, Cascarrabias, Verduguillo, Juan Gallardo y Latiguillo (seudónimos de cronistas taurinos), eran la envidia del gremio. Cuando llegaban a México por primera vez los toreros españoles, preguntaban: ¿Cuál es la tarifa de Gaona? ¿Tanto?… Pues yo doy igual".
García Padilla comentó que algunos toreros se quedaron en la ruina por querer igualar las cuotas que pagaban los grandes toreros (como Gaona y Silveti) y "para que Luis Freg tuviera el dinero necesario para vivir, tenía que torear hasta en los pueblos".
"La cuota mínima para los toreros de primera fila era un centenario, pero Monosabio, cronista de El Universal, cobraba hasta 10 y 12 centenarios por corrida. Los toreros de tercera fila daban tres centenarios a los cronistas de los diarios matutinos; a los de la tarde como El Gráfico y El Mundo un centenario".
Nadie era torero sin permiso
Según el texto de Gabriela García el cronista Monosabio cobraba exclusivamente a los mejores matadores y señala: "Todos los toreros iban al besamanos a su casa los martes y nadie se podía hacer torero sin su permiso; como Armillita Chico no iba a visitarlo, emprendió una campaña contra él".
En otra parte de su texto la autora aseguró que los toreros españoles tenían la obligación de pagar a la prensa mexicana para que los tratara bien.
"Ante la evidencia de actos de corrupción, los gerentes de periódicos como El Universal, Excélsior, La Prensa y El Nacional acordaron dejar de publicar crónicas taurinas al término de la temporada. Eso llevó a que algunos periodistas trabajaran en casa y compraran después el espacio en los medios informativos para publicar sus crónicas.
"Verduguillo decidió comprar por contrato un espacio semanal en El Universal; Monosabio pasó a La Afición, donde pretendió seguir dominando a los toreros y como Balderas no acató su voluntad, lo persiguió toda su vida, y Armillita tuvo que ceder ante el tiraje de La Afición. Otros cronistas compraban planas de Excélsior, La Prensa, El Nacional. aunque naturalmente que lo hacían con el dinero de los toreros", señaló García Padilla.
Como este arreglo no era lo más adecuado, porque los periodistas se convirtieron en una especie de cobradores detrás de cada torero y los editores de los diarios no querían ‘fiarles’ el espacio, apareció Ricardo Toledo, "quien formó una organización para controlarlo todo. ¿De qué manera? Con mucho dinero. Él compró los espacios pagando por adelantado. Cobraba a los toreros y a las empresas, contrató a los cronistas –a quienes les evitó la molestia de andar detrás de los apoderados–, y ante esta propuesta todos aceptaron. Sólo El Universal y El Nacional prefirieron seguir solos. Toledo, sólo por cobrar y pagar se quedaba con el 50 por ciento del dinero involucrado. Los cronistas sólo tenían que escribir con desbocado verbo y pasar a cobrar puntualmente".
También los fotógrafos
Según explicó en San Luis Potosí la maestra García Padilla, el ejemplo cundió y fue creada una organización de fotógrafos que vendía juegos de fotos a los toreros en sus mejores lances… pero si no los querían se arriesgaban a que circularan imágenes de sus momentos más infortunados.
En la década de los 40 surgió un personaje de la crónica, Pepe Alameda, quien cobraba 100 pesos por corrida a cada torero sin la intervención de Ricardo Toledo, aunque algunas de las figuras consideraban que el pago lo hacían con gusto porque se trataba del mejor en su especialidad.
Con el auge de la radio, señaló en su conferencia Gabriela García Padilla, vinieron nuevos personajes a incluirse en las ‘nóminas’ de los toreros, como fue el caso de Paco Malgesto, de quien comentó que cobraba 150 pesos al primer y segundo espada; 100 pesos a los ganaderos y 75 pesos a la empresa, aparte de su sueldo de 87.50.
Por cierto, Tiempo difundió que en ocasión del retiro del legendario Lorenzo Garza, la Unión de Cronistas Taurinos le mandó aviso de que le cobraría cuota doble.
En su edición del 25 de abril de 1943, la revista hizo pública una frase que trascendió por su crudeza, atribuida a Don Dificultades, quien señaló: "Los cronistas son como las mujeres públicas".
Expulsado de la unión, Don Dificultades –José Jiménez Latapí, conocido también como El ogro de Pino (por la calle donde vivía)– formó un grupo de apoderados, para oponerlo al de los cronistas.
2006, la fiesta en crisis
Para Gabriela García Padilla, la ponencia presentada en San Luis Potosí no tenía ninguna intención de inferir corrupción en la actual crónica taurina, sino que obedece al interés de las peñas. "Nada nos provoca ya tanto asombro porque nuestro país ocupa el segundo lugar mundial en los niveles de corrupción. No dejé puntos suspensivos después de mi disertación –agrega García Padilla–, porque el resultado fue conocer cómo se sangraba a los toreros y mucha gente se decepcionó. Eso ha sido de toda la vida, porque esto no es sólo de México ni de ahora, sino que se practica desde hace muchos años".
Al preguntarle si le son más útiles a las empresas los periodistas corruptos que quienes no lo son, señala: "Los que se corrompen le hacen más daño a la fiesta, porque desorientan a quienes no saben ver toros".
– Pero entonces qué es mejor para un empresario, se le preguntó.
"Tener cronistas veraces. La fiesta es muy subjetiva y tú puedes decir lo que quieras, aunque no sea cierto, pero aquí, si el periodista engaña. Habrá quién sí conozca y lo descubra".
Al referirse a cronistas que se distinguen por sus conocimientos y que están bien informados, Gabriela García Padilla cita a Leonardo Páez, de La Jornada. También cita a quien escribe con el seudónimo de El Bardo, en La Prensa. Según El Bardo de la Taurina, -citado por la autora en su texto: "en la actualidad la relación entre los medios y la fiesta brava, no hay nada nuevo. La diferencia son los medios de difusión, pero todo tiene un origen entre los toreros, apoderados, promotores, escritores, algunos editores y dueños de periódicos y gente externa que vive de ella".
"La fiesta es un negocio que padece por falta de toreros. La empresa los ha vendido y si en el cartel aparece un Pito Pérez, los que hacen grande el cartel son quienes se prestan para ello. ¿Hasta dónde llega el reparto?, no lo sé", agrega.
La autora dice de Páez: "Se distingue por exponer temas que seguramente incomodan a los empresarios taurinos, como se lee en su columna La fiesta en paz, del 2 de septiembre del 2002. ´Alguien pidió mi opinión de la actual fiesta de toros en México, y le respondí: Pretenciosa pero grotesca, como un concurso de belleza donde las participantes, ligeras de ropa, lucen... várices y juanetes. La rica tradición taurina mexicana, surgida con la raza, el idioma y la religión, hace tiempo abjuró de una ideología congruente y eficaz en torno a la fiesta de toros, y el fantasma de un nuevoriquismo frívolo y distorsionador, asfixia tan original y emocionante espectáculo´.
A manera de colofón y más allá de los asuntos del ruedo, tratar de someter a gran parte de la prensa pone en riesgo inclusive a los propios espectadores. Dedicados estrictamente en su mayoría a escribir solamente de la corrida, los medios suelen ignorar incidentes que ocurren a su alrededor, como el ocurrido durante una corrida de toros, en la que un aficionado fue golpeado impunemente por un "torero". Como si Monosabio y Don Dificultades vivieran todavía para someter conciencias.
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